Introducción

¿Mentir es algo normal?

Mentir es algo característico del ser humano. Engañar, también. Mentir y/o engañar es algo que hombres y mujeres hacen varias veces en la vida. Muchas o pocas. Incluso se acuñó una expresión para justificar los casos en los cuales esa falta a la verdad se hacía y hace por motivos humanitarios: una mentira piadosa era y es aquella que se dice pensando en evitar un mal mayor al que la escucha.

Sin entrar en absoluto en aspectos sicológicos o médicos, la historia está llena de mentiras y de engaños. De manipulaciones de la realidad. Porque manipular es un verbo que tiene, desde luego, muy mala fama, pero que los seres humanos aplican casi constantemente para situarse en su realidad familiar, académica y social: en el mejor de los sentidos, se manipula la imagen que uno quiere dar según se esté solo en casa, en una boda, dando clase o cenando con un grupo de amigos. O se manipula la forma de dar una mala noticia a un familiar o conocido. 

El primer periódico (o algo parecido a él)

Antropólogos e historiadores apuntan a que el poder político se basó inicialmente en la fuerza, pero rápidamente la combinó con la manipulación, la tergiversación de la realidad y la ocultación de noticias. Ya el que está considerado el primer periódico de la historia, las Acta Diurna (siglo II a. C.), recogía las informaciones del poder tal y como las quería dar ese mismo poder. En tablillas colocadas en el foro romano y protegidas por soldados, los praeco o pregoneros leían en alto una y otra vez aquello que desde las alturas políticas se decidía y de lo que debía de estar informado el pueblo llano.

Pero fue la invención de la imprenta la que hizo que los sistemas de propaganda se perfeccionasen, siempre con la fuerza como argumento: aquel que cuestionara o desobedeciera lo que se difundía tendría que enfrentarse a consecuencias que con frecuencia conllevaban la pena de muerte.

Pero si algún siglo fue convulso en el mundo del periodismo, ese fue el XIX. Por supuesto en España, en unos momentos de guerras internas (contra Napoleón, carlismo, golpes de estado…) y concepciones ideológicas más enfrentadas que en otros países europeos, pero también en todo el viejo continente. Las invenciones en el mundo de la impresión (linotipia, monotipia, rotativa…), de las comunicaciones y del transporte desarrollaron nuevas estrategias.

Víctima de la guerra

Como es comúnmente sabido, la primera víctima de una guerra es la verdad. Las noticias de los conflictos las enviaban a los centros de poder los propios militares, de tal manera que contaban lo que les interesaba contar. Todo cambió cuando el director del británico The Times decidió enviar, por primera vez en la historia, a un periodista al frente de batalla. El elegido fue William Howard Russell; el lugar, Crimea, donde los británicos y sus aliados luchaban contra los rusos; el año, 1854.

Durante los 18 meses que se pasó en Asia, Russell no tuvo empacho en criticar las condiciones médicas en que se encontraban los heridos, a quienes se les dejaba morir. Fue testigo presencial de la famosa Carga de la Caballería Ligera, en Balaclava, una masacre que sufrieron los uniformados británicos. La situación llegó a tal extremo que la reina Victoria hizo llegar su malestar a The Times por aquellas informaciones, que por otra parte nadie dudaba de que fueran ciertas. El príncipe Alberto, marido de la reina, simplemente pidió el asesinato del periodista, algo que no se llevó a cabo.

Lo que sí se llevó a cabo fue la prohibición tajante por parte de Gran Bretaña de que los corresponsales de guerra –que empezaron a acudir a los frentes- difundieran detalles que facilitaran información al enemigo. Por supuesto que todos los ejércitos del mundo aprendieron la lección, con la excepción –por otras razones- del estadounidense en la guerra de Vietnam.

Irrumpe el hecho alternativo (que quiere ser la única realidad)

El periodismo evolucionó tras la Segunda Guerra Mundial hacia posiciones e interpretaciones menos combativas y más objetivas. Se buscaba la verdad en la medida en que este era aprehensible. Se premiaron trabajos e informadores que plasmaban esa verdad, y se repudiaba o despedía de las redacciones a aquellos que tenían algún desliz voluntario hacia el terreno de la inventiva.

Esto fue así hasta ahora. El Brexit británico primero con su campaña trufada de falsedades rotundas por parte de quienes querían salir de la Unión Europea, y ganaron, marcó el nuevo camino. La irrupción en escena de Donald Trump y su concepción de “hechos alternativos” como respaldo teórico a la simple mentira sobre algo acontecido inauguró una nueva era que no se sabe cuándo terminará. Se situaba así en la estela de Venezuela y creaba escuela con partidos y grupos que entienden que aquello que les critica es mera difamación.

La pregunta es: ¿se trata de una flor de un día o la tendencia dominante será esa –la de falsear los datos y las informaciones- en los próximos años?

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