Presentación

La conservación de nuestras variedades autóctonas de fruta, verdura, hortalizas…

Cuando hablamos de biodiversidad a menudo pensamos sólo en la naturaleza salvaje que nos rodea: aves, flores, anfibios, insectos, hongos… También fondos marinos, selvas, charcas, bosques… Y tantos otros ecosistemas. 

En esa retahíla felizmente infinita de cuanto integra esa red que es la vida, y de la que formamos parte inseparable, a menudo olvidamos incluir las variedades de los productos que comemos. 

Es decir: entendemos que la manzana es parte de la biodiversidad. Pero no caemos en la cuenta que en todo el planeta hay entre 5.000 y 20.000 variedades de esta fruta. La mayoría de ellas, además, resultado de siglos y siglos de selección de los manzanos mejor adaptados a las características ambientales de zonas a menudo muy concretas: su suelo, sus temperaturas y pluviosidad a lo largo del año, su viento, etc.

Algo similar sucede con todos los recursos agrícolas (cereales, verduras, hortalizas, frutas…) y ganaderos (en este caso, razas de vacas, ovejas, caballos, gallinas…) que la humanidad ha ido generando a lo largo de su historia en cada continente.  

El esfuerzo por preservar estas variedades es tan importante como el de proteger la flora y fauna salvaje. Quedarnos sin ellas sería una pérdida enorme, en muchos sentidos. Y el caso es que están en peligro, pues en muchas zonas se dejan de cultivar o criar, cuando este trabajo no puede competir con la importación de variedades llegadas de lejos, en cada vez más ocasiones obtenidas de forma industrial, sin tener que depender de los ciclos de las estaciones.

Es por eso que las naciones más desarrolladas dedican cada vez mayor esfuerzo a disponer tanto de una lista completa de la diversidad de este patrimonio  suyo. Y al mismo tiempo, de “bancos de germoplasma”, en los que conservar las semillas de cada una de ellas, para que no se pierdan.

Pero esto no es suficiente. Para que de verdad se preserven esas variedades necesitamos que se mantengan tal y como siempre fueron. Como parte de nuestra cultura local, comarcal o regional. De nuestra manera de alimentarnos, de sentir nuestra tierra, nuestro clima, nuestras estaciones del año. 

¿Cómo hacerlo?

El primer paso, desde luego, es conocerlas y valorarlas. Saber cómo son, y reconocer que si existen es gracias al trabajo y el buen gusto en la cocina y la mesa de nuestros abuelos, bisabuelos, tatarabuelos, etc. 

En este e-studio de noticias vamos a prestarles atención a partir del trabajo que en este sentido realiza el Centro de Investigacións Agrarias de Mabegondo.

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